Día de la madre en Arequipa

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CRONICA

Este año para algunos por primera vez y para otros desde hace varios, el Día de la Madre dejó de ser la fecha para reunir a la familia en casa y compartir un plato preparado por ellas, el más sabroso sin duda. Esta vez las sonrisas han tenido que cambiarse por lágrimas y quizás algún recuerdo feliz de quienes se fueron para cuidar a sus hijos desde la eternidad.
“Con mi mamá recuerdo que la última vez en el Día de la Madre yo fui a visitarla y conversamos cosas que nunca habíamos tratado, parece que era una despedida” me dice Yessica Paucar, mientras junto a su familia colocan un vaso de cerveza y un plato de sarza de cabeza en la tumba de doña Petronila, quien falleció por covid-19 8 meses atrás.
Me encuentro en la parte más alta del distrito, este es el cementerio de Alto Selva Alegre, lugar que marca el límite del avance poblacional, en donde descansan miles de almas y que está ahora repleto debido a la gran cantidad de fallecidos por la pandemia. Hasta este lugar lejano llegaron este segundo domingo de mayo familias enteras que recuerdan con nostalgia la última vez que pudieron compartir con su ser más especial.
“El año pasado era pues festejarla traer su presente, más que eso el amor y que sus seis hijos estemos siempre unidos, cuando era así ella se sentía muy feliz”, me dice aún vistiendo con ropa de Luto, María Pari. Las lágrimas caen por sus mejillas mientras sus hijos tratan de calmarla.
Con el Misti tan cercano pareciendo abrazar a los acongojados deudos, ellos expresan aquello que en vida quisieron decirles por última vez a sus mamás. Una despedida que no pudo darse porque finalmente en sus últimas horas ellas tuvieron que dejar este mundo en la cama de un hospital, lejos de sus seres queridos.
Es la crueldad con la que la pandemia por la covid-19 atacó a las familias del mundo la que distorsionó de alguna manera el sentido de esta fecha llena de amor y unión familiar. Sin embargo a pesar de no tenerlas al lado aún pueden ser el refugio espiritual para sus seres queridos
Entre el recorrido por las tumbas del cementerio de Alto Selva Alegre se escucha la potente voz de un infante, es Valentino quien vino a visitar a su difunta abuela. Ella fue su maestra en el arte de cultivar la voz, un don que ha pasado por generaciones en su familia. Lo dejo cantando la ranchera “EL Sombrerito”, la preferida de la abuela Catalina, mientras la madre del niño de 10 años carga un parlante para el acompañamiento musical.
Estos hijos ahora piden a quienes sí tienen la dicha de tener a sus mamás en casa valorarlas, amarlas y respetarlas en vida. Mientras tanto y para siempre seguirán y aprenderán a vivir con la pena pero también con la alegría de haber conocido en vida al ser que a cada minuto pensó en ellos, la que siempre los acompañó, comprendió, perdonó y amó sin condiciones y sobre todo sin límites.

Por: Roger Quispe


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Arequipa
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